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Octubre, mes del santo Rosario

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Octubre, mes del santo Rosario

«Al recitar el Rosario pedimos repetidamente a la Virgen que ruegue por nosotros “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Al hacer así, tenemos siempre abierta una ventana hacia la eternidad en las ocupaciones y en las preocupaciones de cada día. La característica principal de esta oración es la de ser al mismo tiempo oración y meditación de los principales misterios cristianos. Por esto es por lo que en Fátima la Virgen propone el Rosario como antídoto contra el ateísmo: el hombre de hoy más que nunca necesita meditar y orar sobre las grandes verdades reveladas. Y no debemos tener nunca miedo de ser piadosos, repetitivos y rutinarios en la recitación de las decenas. Si nos viene la duda basta con pensar en la fortuna que tuvo santa Bernardita en las apariciones, pudiendo constatar que también la Virgen repasaba entre los dedos las cuentas del Rosario junto con ella».

Gabriel Amorth[1]

Ciertamente que el santo Rosario ha sido uno de los regalos más hermosos que nos ha hecho la Madre de Dios, puesto que ha sido ella misma quien nos ha dado este medio seguro de reverenciarla filialmente a la vez que rendimos con ello gloria a su Hijo al afianzar más nuestra devoción y amor por la Reina de los cielos. Y por esta misma razón, san Juan Pablo II afirmaba que «el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano…»[2]. De aquí que no sea extraño que la santa Iglesia haya dedicado, sin quitar la recomendación diaria, un mes completo en honor de esta santa y filial devoción.

Antes de hablar directamente del rezo del santo rosario conviene dar un pantallazo general acerca del culto y devoción a María santísima en la historia de la Iglesia para comprender mejor la importancia que tiene el rezo del santo rosario como medio verdadero y eficaz para unirnos más a Jesucristo por medio de su Madre.

La devoción

Santo Tomás de Aquino explica en la suma teológica que “La devoción es un acto de la virtud de la religión, aunque proviene también de la virtud de la caridad, pues, si se intenta con ello la unión en el amor de Dios, es un acto de caridad y si se intenta el culto o servicio de Dios, es acto de religión. Ambas virtudes se influyen mutuamente: la caridad causa la devoción porque el amor nos hace prontos para servir y la devoción aumenta el amor, porque la amistad se conserva y aumenta con los servicios que se prestan.”[3]; pero no debemos olvidar nunca que “La devoción, como acto de religión que es, recae propiamente en Dios, no en sus criaturas. La devoción a los santos, incluida la misma Virgen María, no debe terminar en ellos mismos, sino en Dios a través de ellos, de otro modo existiría un gran desorden, porque “la devoción que tenemos a los santos de Dios… no tiene a ellos por fin, sino a Dios, es decir, que veneramos a Dios en los ministros o representantes de Dios” (S.Th. II-II, Q.82, a.2 ad 3).”

Pero debemos decir que la santísima Virgen María ocupa un lugar muy particular en lo que se refiere al culto que debemos tributarle, puesto que ella es el gran medio y el más seguro para conducirnos a la unión con Jesucristo, su Hijo, a quien formó en sus extrañas purísimas en cuanto hombre, vislumbrando así la necesidad de dejarnos también nosotros “moldear” por la Virgen Madre; y es por esta razón que a la Virgen María, por su singular dignidad de Madre de Dios, se le debe culto particular llamado de hiperdulía o de veneración muy superior a la de los santos, pero que no es de ningún modo culto de latría. Este culto corresponde exclusivamente a la Virgen porque supera en grado y especie la santidad de los demás santos.

Necesidad de la devoción mariana

San Luis M. Grignion de Montfort, en el Tratado de la verdadera devoción a María, afirma: “Debemos concluir que, como laNSRosarioa2 Santísima Virgen ha sido necesaria a Dios con una necesidad que llamamos hipotética, en consecuencia de su voluntad, Ella es aún más necesaria a los hombres para llegar a su último fin…, y es una señal infalible de reprobación… el no tener estima y amor a la Santísima Virgen, así como, por el contrario, es un signo infalible de predestinación el entregársele y serle devoto entera y verdaderamente” (VD 39-40).  Por lo tanto, para quienes buscan seriamente alcanzar la santidad, la devoción a María santísima parece mucho más indispensable puesto que es en ella donde mejor se moldean las almas según la imagen que Dios quiere que alcancen sus hijos adoptivos por la gracia, como enseña el mismo Montfort: “… El gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo para formar al natural un Dios-hombre por la unión hipostática, y para formar un hombre-Dios por la gracia, es María. Ni un solo rasgo de divinidad falta en ese molde. Cualquiera que se arroje en él y se deje moldear, recibe allí todos los rasgos de Jesucristo, verdadero Dios” (SM 16-17).” Por eso a la espiritualidad mariana algunos la llaman “espiritualidad de molde”, en cuanto a que moldea, forja, da forma al alma devota según Dios lo quiere en la medida  de su generosidad para con Él.

El Rosario: historia

NSRosarioa3«En la antigüedad, los romanos y los griegos solían coronar con rosas a las estatuas que representaban a sus dioses, como símbolo del ofrecimiento de sus corazones. La palabra “rosario” significa “corona de rosas”.

Siguiendo esta tradición, las mujeres cristianas que eran llevadas al martirio por los romanos, marchaban por el Coliseo vestidas con sus ropas más vistosas y con sus cabezas adornadas de coronas de rosas, como símbolo de alegría y de la entrega de sus corazones al ir al encuentro de Dios. Por la noche, los cristianos recogían sus coronas y por cada rosa, recitaban una oración o un salmo por el eterno descanso del alma de las mártires.

La Iglesia recomendó entonces rezar el rosario, el cual consistía en recitar los 150 salmos de David, pues era considerada una oración sumamente agradable a Dios y fuente de innumerables gracias para aquellos que la rezaran. Sin embargo, esta recomendación sólo la seguían las personas cultas y letradas pero no la mayoría de los cristianos. Por esto, la Iglesia sugirió que aquellos que no supieran leer, suplantaran los 150 salmos por 150 Avemarías, divididas en quince decenas. A este “rosario corto” se le llamó “el salterio de la Virgen”».[4]

El desarrollo del Rosario como plegaria difundida en la Iglesia está comprendido entre los siglos XII al XVI. Entre los años 1410 y 1439, aparece el primer intento de conjugar la recitación del Ave María con la meditación de un misterio, cuando el cartujo de Colonia, Domingo de Prusia, simplifica el salterio mariano reduciendo el número de Ave Marías a 50 pero a cada uno le agrega una referencia verbal y explícita a algún hecho evangélico a modo de cláusula: 14 respecto a la vida oculta de Cristo, 6 a la vida pública, 24 a la Pasión y muerte, y las 6 restantes a la glorificación de Cristo y María.

En 1521 el dominico Alberto del Castillo reduce los misterios eligiendo 15 entre los principales que son propuestos a modo de comentarios al inicio de cada decena dándole sustancialmente al Rosario la forma que tiene actualmente.

Cuenta la Historia que un día, a finales del siglo XII, Santo Domingo de Guzmán quien sufría mucho al ver que la gravedad de los pecados de la gente estaba impidiendo la conversión de los albigenses, decidió ir al bosque a rezar. Estuvo en oración tres días y tres noches haciendo penitencia y flagelándose hasta perder el sentido. En este momento, se le apareció la Virgen con tres ángeles y le dijo que la mejor arma para convertir a las almas duras no era la flagelación, sino el rezo de su salterio.

A partir del siglo XVII el Rosario se fue difundiendo cada vez más y su devoción fue indulgenciada, promovida y recomendada por innumerables pontífices hasta el día de hoy: por ejemplo «a Juan XXIII le gustaba decir que su jornada no había terminado si antes no había rezado los 15 misterios del Rosario. Pablo VI hablaba del Rosario como “Compendio de todo el evangelio”. León XIII escribió doce encíclicas sobre el Rosario. Juan pablo II dedicó importantes escritos al Rosario, quiso ampliar este valor de “compendio” añadiendo la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, también los 5 misterios luminosos y afirmó que “nuestro corazón puede encerrar en las decenas del Rosario los hechos que componen la vida del individuo, de la familia, de la nación, de la Iglesia, de la humanidad entera. El Rosario marca el ritmo de la vida humana”»[5].

Resumiendo un poco toda la historia del culto a la santísima Virgen y su desarrollo, debemos decir que desde los comienzos de la Iglesia la Madre de Dios ha estado presente con su maternal intercesión:

– Es ella la mujer elegida y preparada desde toda la eternidad para convertirse en la madre del salvador del mundo y madre nuestra también por la gracia

– Es ella la joven inmaculada que le da su “Sí” al ángel y comienza así la salvación del género humano.

– Está junto al Verbo de Dios encarnado en Nazaret cuidándolo y acompañándolo durante sus años de vida oculta mientras preparaba gran misión apostólica de predicar el evangelio.

– Está presente en las bodas de Caná que parecen adelantar la manifestación de Jesús como el mesías esperado.

– Está presente fielmente al pie de la cruz para recibirnos como hijos suyos.

– Está presente en pentecostés para recibir al Espíritu Santo que desde allí comienza a habitar en los corazones.

– Y está presente para siempre en el cielo intercediendo por nosotros pero a la vez cercana cubriendo a sus hijos con su manto de amor maternal.

La devoción a María santísima y su especial presencia junto a nosotros, parece que se fundieran en una sola cosa cada vez que rezamos el santo rosario.

Excelencia del santo Rosario

El santo Rosario está compuesto principalmente por el rezo del Ave María, y san Luis María dice al respecto: “El Ave María es un dardo penetrante e inflamado que, unido por un predicador a la palabra de Dios que anuncia, le da fuerza para atravesar y convertir los corazones más duros, aun cuando no tenga el orador extraordinario talento natural para la predicación[6].

Es tanta y tan grande la excelencia de esta oración que los santos le tenían una devoción tan grande que no podían vivir sin ella. Podemos leer por ejemplo en las memorias biográficas de san Juan bosco la siguiente anécdota:

«Mientras tanto don Bosco le enseñó la casa, le habló de sus planes para el futuro, y le fue describiendo el horario de las ocupaciones de sus muchachos. El Marqués expresaba su admiración y alababa todo, pero juzgaba tiempo perdido el empleado en las largas oraciones y decía que la antigualla de cincuenta Avemarías ensartadas una tras otra no tenían razón de ser y que don Bosco debía haber abolido tan aburrida rutina.

   -Pues mire, respondió amablemente don Bosco; tengo metida en el alma esa rutina; y puedo decirle que mi institución se apoya en ella: estaría dispuesto a dejar muchas otras cosas muy importantes, antes que ésta; y hasta, si fuera menester, renunciaría a su valiosa amistad, pero no al rezo del santo rosario».[7]

Cada vez que rezamos el Rosario con devoción recibimos muchísimos beneficios y además muchas otras gracias que la Virgen nos regala y que ni siquiera nos enteramos. Además es verdadera fuente de fortaleza en las dificultades, en las pruebas, en los sufrimientos, y, en consecuencia, es escuela de espiritualidad en cuanto que nos ayuda a ir profundizando poco a poco en los misterios que meditamos cada vez que lo rezamos con devoción, a la vez que nos concede muchos otros innumerables beneficios, de los cuales mencionamos los que enseña el santo Mariano:

1º nos eleva insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo,

2º purifica nuestras almas del pecado,

3º nos permite vencer a nuestros enemigos,

4º nos facilita la práctica de las virtudes

5º nos abrasa en amor de Jesucristo,

6º nos proporciona con qué pagar todas nuestras deudas con Dios y con los hombres; y en fin, nos consigue de Dios toda clase de gracias.[8]

Conclusión

(El Rosario) «Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une a CristoNSRosarioa4 con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1, 42)»[9].

Que este mes dedicado especialmente al rezo del santo Rosario nos sea de gran provecho para afianzar, profundizar y difundir esta hermosa y eficaz devoción que tanto agrada a nuestra Madre del Cielo, a la vez que nos conduce de la manera más segura a la unión con su Hijo Jesucristo.

A.M.D.G.


[1] P. Gabriel Amorth – Roberto Ítalo Zanini; Más fuertes que el mal, Ed. San Pablo, 3ª edición, 2011. Págs.. 228-229.

[2] Juan Pablo II, Carta apostólica Rosaruim Virginis Mariae, nº 5

[3] Cf. S.Th. II-II, Q.82, a.2

[4] http://es.catholic.net/op/articulos/12374/octubre-mes-del-rosario.html

[5] P. Gabriel Amorth – Roberto Ítalo Zanini; Más fuertes que el mal, Ed. San Pablo, 3ª edición, 2011. Págs.. 228.

[6] San Luis María Grignion, El secreto del Rosario, Rosa 17.

[7] Memorias biográficas de san Juan Bosco, tomo III

[8] San Luis María Grignion de Montfort, El secreto admirable del Santísimo Rosario, Ed. Apostolado mariano, pág. 71

[9] Juan Pablo II, carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 24

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